Entrevista a Miquel Fuster en FAN News Club

En Miquel Fuster és dibuixant i ha viscut 15 anys al carrer, gràcies a la Fundació Arrels se’n va sortir i ara és un exemple de superació.

Origen: Miquel Fuster: ‘Ho has perdut tot, bt’has perdut a tu mateix/b, i l’alcoholisme no et fa oblidar’

~ por miquelfuster en noviembre 23, 2015.

2 comentarios to “Entrevista a Miquel Fuster en FAN News Club”

  1. En su reciente encíclica el Papa católico dice: “que los más graves efectos de todas las agresiones ambientales las sufre la gente más pobre”. Es como el augurio de ese calor que abrasa y nos confirma lo que ya sabemos: que las llamas bíblicas no queman a todo el mundo por igual. Pero para agresión ambiental, la de los cajeros.
    En los cajeros automáticos se dispensan billetes, se informa de ilusiones y desengaños, y al oscurecer, se pueden convertir en suite de desesperados. Entre las gentes de la mañana y las de la noche hay algo que se comparte entre incertidumbres. El cielo y el infierno se dan la mano en ese teatro que es nuestra existencia, aparador del esperpento y purgatorio en forma de ventana del desdeseo. Una habitación con vistas y espejo con polvo de engaño que habla de dignidades quebradas.
    El tiempo es el común en este invento. Un reloj que se atrasa una vez más y nos muestra la realidad tomando acta notarial al son de un segundero implacable, un tic-tac mecedor de bastantes desgracias. Algunas navegan entre el bar y los contenedores de basuras, dejan su orina, como hojas muertas en otoño, en los muros de lamentaciones que se levantan a su paso. Su expulsión es un presagio al revés. No sólo el coro inquisitorial del vecindario, cansado e impotente, alimenta esa atmósfera pestilente. Tejen sus telarañas oscuras otras arquitecturas con sutiles líneas de destierro y podredumbre. Siguen santificando la riqueza y culpando de despilfarro los 400 euros a los que muchas personas están enredadas en un ovillo de rabia. Insinúan la cruel maquinaria de una beneficencia obsoleta florida de ejércitos de salvación y especias de amor por los de abajo. Se bañan en tintas de lágrimas, regando la cultura de la lástima para no aburrirse, con un mal paternalismo envuelto en visiones rancias (como si no supiéramos que los vicios de unos son la prosperidad de otros). Resulta agobiantemente triste saber de esa moral teológica carente de pensamiento cívico.
    Malos tiempos para la memoria si alguien evoca que el bien sólo tiene un camino. Lo turbio de la codicia de los canallas jamás es foco de la angustia, sino retórica que envuelve el disimulo de una tremenda lucha de clases más vigente cada día: déspotas ilustrados arguyendo la inutilidad de las gentes sencillas -mimbre de carroña- , difusores con lenguajes castrenses, estéticas divagaciones aristocráticas, argots de falso clero. Travestismos y filigranas se conjuran ante el dinero, con buena caligrafía y fea prosperidad (ahora dicen que todo está arreglado). He leído que las fortunas proceden de una injusticia originaria que jamás ha sido inocente y que tampoco ha sido juzgada. Por eso será que la historia está tan secuestrada. Si la necesidad saca lo peor del ser humano, qué nos queda decir ante la infame avaricia.
    En esos patios traseros suele dormir esa barbaridad bajo un techo que rezuma aire de pena que muchas compartimos con esos amigos de la noche. Cuando saltó el tapón que retenía toda la porquería embalsada en los años del delirio, volvimos a recordar la lección de que siempre triunfan los peores y que el mal prosigue en su empeño de devastar la moral alrededor del fango del dinero y el poder, también del sexo desgraciado.
    Dicen los viejos que el placer suda igual que el dolor, y que la culpa o la inocencia se gana con el sudor de la frente. Este es el microcosmos representativo de un tiempo de triunfo borracho de poder, de una historia de mezquindad que sentencia, contundente, la depredación de la condición humana.
    El cajero es reflejo de anatomías varadas que se hunden poco a poco transformadas en república de soledades gracias a las laderas ocultas de la globalización. Hay veces que esas ánimas sueltas incomodan y nos confunden. Su dignidad (que no soberbia) parece erguirles la cabeza – la llevan bien alta- pero es para facilitar el nudo de la soga, como si hubieran aprendido a caminar a hostia limpia toda su vida. La pobreza que gusta (la que no chilla) se manifiesta, como tantos otros naufragios, desde el silencio que no perturba, que no se queja: el silencio de la miseria.
    Manuel escribe, inocente y redondo, como con cuchillo de sangre, letras desesperadas; denuncia que nadie le ayuda, perdió su dni y quedó huérfano, no se acuerda del nombre de su madre ni de su padre y no soy capaz de hacerle otro documento. Víctor, sin brazos que le permitan siquiera comer o mear, lleva 4 años esperando que alguien se haga cargo de su vida (duerme en el suelo de la conciencia de los juzgados), a menudo recibe botellazos. Andrés no puede soportar las paredes y el raso de la noche ampara sus sueños si no llueve. Alberto dejó el cajero para instalarse en un banco duro; ironías de la vida, le interrogo por su vocación de faquir y me responde serio: que la mierda es lo que le hace aguantar.
    En verano los seres subterráneos afloran como las patatas. Algunos días parecen inspirados y nos devuelven cierta alegría, sólo arrebatada por ese mal dicho donde reza: que siempre se joden las mismas. Y a pesar de todo, tienen empeño, se alejan de los hospitales para no morirse (hoy Alberto ha accedido a una residencia y Andrés la ha rechazado).
    En estos últimos días un urbanismo de la verdad se ha ido acercando, rebelde, para transformar el paisaje, y capturar el fulgor de la historia, como florecillas que se abren en el agua. Aunque vivimos en un tiempo sin dioses, la crítica social que sacuden nos insisten en que podríamos volver a creer. Parecen voces insobornables. Son esas generaciones que, ojalá, pongan a Dios en un aprieto cuando piloten con mano justa las administraciones. Sufren tal sentimiento de vergüenza que desean cambiar el mundo desde un territorio íntimo que devuelva algo de optimismo al género humano. Enarbolan su derecho a experimentar las propias derrotas, como la vieja Grecia del profesor Varufakis, que camina entre libros perdidos pero con los remiendos bien cosidos. Un sorbo de flautines convoca a la grata tarea de oponernos a los malos aunque sólo sea un minuto. Lo hacemos?
    El cajero es nuestro trasero más vergonzoso, un rompecabezas en el pozo oscuro de las injusticias. De nuestros benditos prófugos alguien creó, con muy mala leche, la leyenda de que libremente decidieron ir solitos al callejón sin salida. Mientras, siguen las vergüenzas estadísticas. Mientras, unos afearán el paisaje con sus bocas sin dientes, y los otros seguirán haciendo cosquillas al millonario escándalo, porque saben que es muy difícil pararlos. Parece que nos va a tocar ir al psicoanalista para poder entender algo entre tanto “desechable” y tanto despilfarrador.
    El único mal terrorífico, la mayor enfermedad del mundo es la pobreza, y sus verdugos, no tienen nombre.
    Francesc Reina Peral, es pedagog social (amic de les amigues d’Arrels)

  2. Una entrevista que da paso a la esperanza. Clara y concisa. no hace falta decir nada mas. Mi admiración a Miquel, como siempre, por haberlo conseguido.

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