Navidad a la intemperie

•diciembre 12, 2017 • 4 comentarios

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Miro el paisaje helado y triste, inmensamente desolado y triste como un campo después de la batalla, y mi alma, llena de amargura de los que han de morir sin esperanza, sufre oprimida por la ausencia de todos los amores, bajo el peso de todos los olvidos, hundida en el abismo sin nombre de la nada.

El frio mortal y su cortejo de verdugos se arrojan sobre mí como fieras sobre una presa indefensa.

Cada vez los inviernos se me hacen más duros y más largos todavía. El viento sopla días enteros, cortante igual que una navaja. Bajo la cabeza, rechinan mis dientes, y lucho falto de esperanza y sin valor, contra el invierno asesino.

Siento los miembros paralizados por el frío. Ya mis pies apenas pueden sostenerme. Derrotado por el desaliento, la negra estrella de mi vida me envenena de tristeza, de abandono, y de dolor.

Siento una mano deslizarse por mi pecho y cerrar sus dedos de acero hasta llegar a mi corazón desgarrándolo cruelmente.

Una mano inmisericorde y ciega como los surcos del tiempo, ha devastado mi juventud, ha embrutecido mi vida, dejando huellas muy hondas de dolor en mi corazón destrozado.

Y, en las gélidas madrugadas, lleno de angustia y de aflicción, escondo mi rostro entre las manos, y lloro amargamente por los seres amados que ya nunca jamás podré besar.

Lloraba mi pasado, y miraba abstraído, sin ver, el suelo helado cubierto de nieve iluminado por la luna amarillenta, las cimas negras de los árboles y las formas sombrías del bosque lleno de peligros.

El bosque me embruja para atraerme hacia sus misteriosas entrañas.

El viento parece conjurar en la noche confusos rumores, incoherentes murmullos de pesar y de tristeza, gemidos de indescriptible melancolía y reproche.

Percibía mil pensamientos, vanas esperanzas, viejas ilusiones, gozos y pesares olvidados de tiempos remotos, retales de sueño, jirones del alma, espejismos rotos…

Mis labios temblaban.

No estaba solo. A mi lado había una linda joven, enlutada, cuyos ojos arrasados de lágrimas refulgían a la luz que lanzaba, el Espíritu de las Navidades Muertas.

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El hombre marginado

•noviembre 10, 2017 • 2 comentarios

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Sólo el hombre marginado, como individuo que acepta la soledad y el rechazo, podrá dentro de su aislamiento soportar una agonía sin fin. Puede fracasar y reconciliarse con su fracaso  siempre como hombre libre que quiere ser. Como hombre propietario de sí mismo.

Su pensamiento se vuelve coherente en el mismo momento que se ha vuelto delirante. Y sólo para el delirante poder aceptar esa continuidad de vida abominable que es la calle, le puede hacer creíble el triunfo de su subjetividad.

Éste  hombre marginado y asocial, sufre el linchamiento moral de la sociedad que prohíbe su individualidad y se lanza para arrebatársela después de excluirle y rechazarle.

Éste hombre está situado o sitiado por todas las imposibilidades, sin que haya una salida como tampoco la posibilidad de un retorno.

A veces se salva sólo en la dimensión del instante de la libertad, el instante de la anarquía, de lo asocial puro. Esa lucha que luchará sólo en el hombre que hay en él de extrahumano ajeno a la razón social.

Ninguna mano humana será nunca capaz de reparar el daño a quien el destino no ha concedido más que el derecho para destruirse, dejándole sin armas para defenderse.

Por ello, ese hombre no tiene otra posibilidad que lo imposible, ni otro camino que el callejón sin salida de la locura y de la desesperación. O el triunfo de la muerte.

Y para él, ni el recuerdo flotará en ese definitivo paisaje que acabará de cubrir la tierra con sus despojos.

Seres desgarrados

•septiembre 20, 2017 • 4 comentarios

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Vocación de destruirse por exceso. Sin deseo de horizontes, sino abismos. Nacidos ya en la frontera de todo límite, en equilibrio entre la insatisfacción y el vacío.

Espíritus delirantes de quimeras febriles.

El tiempo, oráculo infalible, profetizaba a plazo fijo la inexorable derrota.

El destino se había cumplido. Una misteriosa mano había señalado un camino único y nosotros lo habíamos seguido.

Seres desgarrados de esa vida amarga, salvaje, terrible de la calle.

La culpa enraizada, crímenes sin arrepentimiento, mostrando las llagas de imposible olvido.

Las calles miran la marcha macabra y temen la dureza de su pisoteo.

Los árboles tiemblan desamparados bajo el cielo sin luz.  No hay un solo camino que redima la soledad de las almas muertas.

Cae una fuerte lluvia. Nuestros cuerpos tiemblan como galeotes ante la amenaza del látigo. Toda humanidad se ha extinguido en nosotros. Espectros horrendos de un entendimiento estéril.

Voces agónicas entre sollozos, entre esperanza y sin eco. Alguien que se asfixia y no puede moverse de tanto dolor. Cuando el verdugo del tiempo te ha trabajado y todos te olvidan y nadie te ve.

A veces yo creía poder despertar y querer, como en otros tiempos. Ahora mi vida fluye a través de un camino de cenizas, árido, sin risas, sin amadas, sólo, desesperado, sin alma. Me he cansado de llorar en un rincón. Llanto de vergüenza, de ternuras pasadas, de resentimiento, de venganza.

Unas palabras ante unos despojos teñidos de herrumbre serán el único testimonio de nuestros espejismos.

Y la tiniebla cubrirá poco a poco el altar fúnebre de las almas caídas en desesperanza de eternidad rebelde.

Exiliado en mí mismo

•julio 24, 2017 • 2 comentarios

Exiliado

Cada verano nace con su abrazo de hielo.

 

La extraviada memoria de aquellos días donde habitaba el milagro de un tiempo donde la ilusión permanecía intacta, ignorando el futuro de belleza ya muerta.

 

Cuando mataron mis sueños y mis quimeras mi mundo se desvaneció.

Desprecié lo que pudiera ocurrirme y me lancé a esa vida errante y peligrosa como para vengarme de la fatalidad que tan cruelmente me trató.

 

Privado de las copas que endulzan los gritos de placer que acuchillan el viento, igual me dio beber el vino envenenado que corrompe los seres, silencia los lamentos y asesina el recuerdo desahuciando los sueños.

 

Había estado viviendo en el paraíso y cuando lo perdí no pude soportar la vulgar tierra de la humanidad vulgar y me arrojé de cabeza al infierno.

 

Exiliado en mí mismo, en esta realidad no hay piedad ni hay ensueños. No hay amor ni esperanza. El vaho de las tinieblas me asfixia al respirar y queman las entrañas las llamas de este horror.

 

No sé lo que es la muerte. Pero sé que en estos años sufro las agonías de muchas otras muertes.

 

Porque mi cordura es mi mayor maldición en esta vida donde parecen haberse aliado todos los horrores. Y el conservar mis facultades, no hace sino incrementar mi dolor.

 

Náufrago en el mar de un tiempo para siempre perdido, cansado de esta vida que mi alma desespera, huyo por entre sombras de un mundo en pie de guerra.

Miguel, cara a cara

•abril 10, 2017 • 1 comentario

 

Texto de presentación escrito por Jaume Vidal:

Miguel Fuster es dibujante. Lo ha sido siempre, aunque él quería ser artista. Como los dibujantes de su generación, creía que artista significaba ser pintor. Los dibujos que realizaba  en sus historietas aspiraban a emular a los clásicos del cómic estadounidense, como Milton Caniff o Frank Robbins, pero por bien que lo hicieran, nunca serían unos auténticos artistas. O, al menos, eso es lo que pensaban. Sólo un amigo y compañero suyo, el visionario Carlos Giménez, supo creer en el cómic y utilizar las viñetas que salían del corazón y de la experiencia. Veinte años antes de que se hablara de novela gráfica, Giménez ya había creado una: Paracuellos, una cruda y tierna historia de posguerra.

 

Miguel no siguió los pasos de su colega y se aclimató al trabajo de la historieta romántica. Un trabajo de encargo, no demasiado complicado y bien pagado, destinado a jóvenes adolescentes del mercado del norte de Europa. Su sueño artístico no pasaba por crear una historieta propia, sino por el anhelo de ser pintor. Poco imaginaba que su talento artístico brotaría gracias a una desgracia. Malas decisiones y mala actitud en la vida lo llevan a la calle. Estuvo allí quince años. Muchos días y muchas noches al raso mientras que sus sueños se desvanecían. Todos menos el de pintar. Los cuatro chavos que podía conseguir tenían dos destinos: el vino barato o un lienzo. Con el alcohol calentaba el cuerpo; con la pintura, el alma. El vino lo obnubilaba. Los cuadros le daban clarividencia. Ni siquiera utilizaba pincel, gruesos de pintura esparcidos con los dedos en obras que vendía a algún turista o a marchantes sin escrúpulos. 15 años en la calle pueden destrozar a cualquiera. Pero su naturaleza fuerte y la ayuda de la Fundació Arrels lo sacaron de la calle. Dejó el alcohol, que a lo largo de toda su vida había sido la fuente de (falsas) alegrías i de grandes desastres, y continuó pintando. Pero la experiencia como sintecho había sido demasiado intensa como para no dejar testimonio. Y Miguel Fuster tiró de oficio y de experiencia y escribió y dibujó Miguel, 15 años en la calle. Una novela gráfica de la que se han publicado tres partes y que tiene al dibujante, y sus vivencias como indigente, como protagonista.

 

En la exposición Miguel, cara a cara, en la Galeria Sicart, se recoge obra original de este trabajo y también rostros del autor inspirados en esta obra. Las caras que reflejan todos los múltiples grados de sufrimiento y los fugaces momentos de satisfacción. Las caras de la soledad, el desasosiego, la rabia, el dolor, la necesidad y el frío. Pero también la cara de la esperanza, el rostro que hizo que Miguel no esté aún en la calle, sino en una galería de arte.

 

(La exposición se puede visitar desde el pasado sábado 8 de abril y hasta el próximo 20 de mayo. La galería Sicart está ubicada en Vilafranca del Penedés.)

La llave maestra

•febrero 20, 2017 • 2 comentarios

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“Esta bien. Yo me lo he buscado.

Todo queda lejos. Han sido cortados los puentes detrás de mi.

Imposible quemar ese pasado como se queman las viejas cartas.

Y vivir. Con lo que tengo. Nada me indicó que iba a jugarse mi destino…”

Almas oxidadas llenas de polvo, trapos chamuscados por el fuego, baratijas de feria, dolorosas viejas fotos.

Alguien escondió la llave de nuestras vidas y quedó luego olvidada para siempre. Se apagó el fuego de nuestro corazón ¿Que silencio hay comparable al que nos envuelve? ¿Que soledad como esta?

La campana que vibra es la de antes. Pero ya no resuena para nosotros.

Lo que un día creció y dió su fruto se marchitó luego y no existará jamás.

Nuestros sueños y nuestras ilusiones huyeron para siempre de nuestra alma herida como palomas sorprendidas en mitad de la tormenta.

Pero un día, un pájaro nacerá donde caímos y al elevarse esparcirá la ceniza de nuestros ojos al viento. Y con sus alas ahuyentará la pesadumbre de nuestro corazón.

Y tal vez mañana nuestros pies amanezcan teñidos con el color de la aurora porque andan en el camino por donde viene el día.

Y ayudemos a encontrar la llave maestra que haga brotar la luz en las almas torturadas de los hombres que habitan sin esperanza y sin rumbo en las calles de la amargura, de la tristeza, de la injusticia y la muerte.

*El dibujo de esta llave forma parte de la exposición #nadiesinllave organizada por Arrels Fundació en el Colegio de Arquitectos de Cataluña (Plaza Nova, 5) y que quiere hacer visible la realidad de las personas sin hogar en Barcelona. Podéis leer más en esta notícia. ¡Estáis invitados!

 

El dolor no se destierra

•diciembre 16, 2016 • 3 comentarios

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El dolor no se destierra. El lleva su patria en sí.

Corazones dolientes sin hogar atravesando el país del horror y la violencia.

Los espejismos de la vida les perdieron. Su insensatez mató al ángel dentro de sí, para saciar a la bestia que hurga insaciable en sus entrañas roídas.

El árido imperio de la calle donde sólo reina el mal. El triunfo del odio y los salivazos de sus verdugos. Los gritos de cólera que apagan la voz, y la amenaza que espanta callando la lengua.

La indigencia, el espectro espantoso hermano de la muerte, sepultura común de los desheredados, de los malditos leprosos de la suerte, de los heridos del contagio feroz de la miseria.

Hombres harapientos, desolado el semblante, rojas las pupilas, rotos los zapatos, desesperada el alma.

Noches terribles sin fin. Noches de rencor asesino, en que ven claro, con extraña lucidez en el fondo de su abismo el por qué de la tragedia que ha sentenciado sus vidas.

Noches tristes en las que la ausencia se acuesta con ellos, y sus almas escapan gozosas a los días gloriosos de los viejos tiempos, y se desesperan con aquel recuerdo gritando su pena a los cuatro vientos.

Y tambaleándose de dolor y de ansiedad, atravesarán los caminos oscuros de la tierra bajo una lluvia helada que les empapa el alma. Y como una bestia herida que busca su cubil, se esconderán en un lugar sin luz echados sobre el suelo sollozando.

Y sus ojos, como lagos sombríos en un paisaje helado, tendrán todo el dolor del abandono, la tristeza espantosa del olvido, y la bruma espectral de la agonía.

Y se oirán las maldiciones de los condenados al dolor eterno.

Hombres desolados sin fe y sin esperanza que en el fango se arrastran y mueren ignorados.