El horror nuestro de cada día

•mayo 19, 2020 • 4 comentarios

Horror

Yo no quiero morir.
…siento miedo. Siento horror. Después un grito apagado, exánime. Un ruido seco…
Unos pasos presurosos que se acercan…Luego silencio frio. Imponente. Sin mirar atrás huyo despavorido por los pasillos del miedo.
Espantado, agotado de mortal cansancio, sigilosamente vigilo mi silencio. La noche es una boca abominable donde el horror me espera.
Allá, en las alturas, soledad y miedo. Aquí, en los abismos, soledad y miedo. Los años, los días, la lluvia, la nieve… la vida. Llanto de amaneceres, soledad y miedo.
Seres distantes, sin roce, como el amor marchito. Te miran y no sienten tu dolor. Te ven y no sienten tu infortunio. Se apartan de la cruel soledad del pozo hundido.
Peleándome con los ecos del alma, temblando a medianoche en la soledad del bosque. Reino del dolor. Terror de náufrago. Vida de pesadilla. Cuerpo convertido en piedra.
Solo, vestido con harapos de olvido y de rocío. De pie, vacilante en la tarima del dolor, receloso animal quemado en el hielo del silencio, con los ojos de fiebre. Pago a precio de sangre mi sórdida existencia. La soledad de la maltrecha ramera arrinconada.
Pago en la oscuridad. Pordiosero de la sinrazón. Nadie oye mis pasos, yo tampoco. De zozobra en zozobra, al acecho el horror de las calles. Siempre alerta. Brilla la luna. Aterido y pálido de muerte.
Despertar maniatado. Terror de sangre y lágrimas. Infame condena del alcohólico desquiciado en las sórdidas camas de todos los hospitales.
Inyecciones de alcohol. El alma amordazada. Cuerpo paralizado. Cicatriz en la frente. La mano colgando hacia la muerte.
Enfermeras deformes “El horror”, grito al verla, “El horror”, como si estuviera muerto enterrado y podrido…. Pero pasa junto a mi sin desatarme.
Yo conozco el infierno. Estoy tarado de terror y de locura. Al nacer me grabaron un estigma en la frente porque soy de la estirpe maldita. Me siento abyecto y despreciable. Y mi pasión cargo como una culpa.
Voy por caminos soñados del ayer. Me embriago de vino y de añoranza. Los años que murieron ya jamás volverán. Llega a mí su voz echando los cerrojos de sombras moribundas. Y sin sosiego mi sangre, y sin paz mi corazón, me adentro en las cenizas quemadas del olvido.
A llorar solo.

Miedo

•abril 24, 2020 • 2 comentarios

Vivo en un piso tutelado de la fundación Arrels desde hace dieciséis años y antes había estado viviendo quince años en la calle.

La misma sensación de des-protección, de miedo y de incertidumbre que sufrí en la calle, la revivo ahora. El mismo sentimiento de días vacíos y como cuando estaba en la calle, la sensación de que solamente puede pasar algo malo.

Como en la calle, noto la mirada de desconfianza cuando bajo a comprar el pan.

La única diferencia es que antes las miradas estaban dirigidas todas a mi.

Hoy todo el mundo se mira con recelo.

(Publicado originalmente el domingo 12 d’abril de 2020, en el diario El Punt Avui)

Hay que matar a los pobres

•diciembre 13, 2019 • 2 comentarios

Hay que matar a los pobres W

Hombres pobres enlutados por su vida. Desechos humanos de una sociedad deshumanizada.

Almas temblorosas. Dolientes y abatidos, por calles, plazas y refugios clandestinos se dan cita los lisiados de la vida.

Facciones devastadas. Ojos húmedos y empañados. En sus miradas sin luz palpitan todavía los últimos fulgores de una tempestad donde naufragaron sus vidas.

Arrugas como cuchilladas en sus rostros desgarrados. Huellas del amor engañado, de la admiración incomprendida, de los esfuerzos sin recompensa, de los proyectos fracasados, de los deseos frustrados…

Supervivientes sin amigos, sin afectos, sin familia, sin hijos, sin esperanza, degradados por la miseria y por la indiferencia pública.

Días y días de miseria y de aflicción que el Destino deja caer sobre ellos. Trescientos sesenta y cinco veces al año… Quizá durante muchos años.

Cierto es que hay mucha miseria.

Pero no solamente la miseria que engendra la pobreza, sino la gran miseria, la que viene de la esterilidad de las almas y de la dureza de los corazones.

Los orgullosos, que creen que con el dinero todo se consigue. Que fingen saborear indolentes la vida. Todo lo que ofrece la vida. Que desprecian todo lo que no sea rico, venturoso. Todo lo que no respire e inspire despreocupación y gozo por la dicha de vivir. Porque tienen también parte de culpa de la desgracia de los más menesterosos, y porque piensan que eso a ellos nunca les va pasar.

Otros que odian creyendo que la vida les ha colocado en una posición de superioridad, y quieren vengar sus antiguos rencores con toda la saña de hombres ruines, coléricos y cobardes. Y se consagran a estigmatizar, a ultrajar y a vejar a los más desamparados, acusándoles, por si fuera poco, de ser ellos mismos los culpables de su propia desgracia.

Y los más exaltados que, se sienten irresistiblemente asqueados hacia todo lo débil, lo arruinado, lo indefenso, lo huérfano.

Los sin techo.

Víctimas propiciatorias de tipos miserables y siniestros. Fanáticos, maniacos, violentos y cobardes que se recrean contando sus fechorías manifestando su crueldad para disimular su estulticia.

¡Malditos mil veces malditos!

Porque los seres malvados no tenéis entrañas ni entendimiento. Malditos por vuestro ensañamiento contra los más débiles. Malditos por vuestro acoso y por vuestras cobardes agresiones contra los más desamparados. Malditos por vuestras intenciones mortales y asesinas. Malditos, mil veces malditos porque venís a sembrar el terror y la tribulación por las calles de la Muerte.

 

Pálida vida ausente

•octubre 8, 2019 • 3 comentarios

Pálida vida ausente W

Ante un cuadro mezcla de lupanar y de bohemia, pinté hace mil años el sueño de mi vida.

Mi sangre ardía.

A la mujer, al placer y a la bebida a la sombra del Árbol Inmortal de la Lujuria brindé mirando al cielo sin distinguir las noches de los días.

Nostalgias de un perdido paraíso donde mi ardiente juventud fue para mí un tirano que, en medio de la fiesta, las copas y del vicio jugaba con mi vida a su capricho.

Y hoy, sin renegar de nada, aligerando la carga de gloria y de ignominia, desciendo lentamente por la empinada cuesta abrazado al pasado y su memoria.

Siempre en la mujer vi luz. Y hoy, cuándo anochece ya en mi alma, es cuando mi mundo ilusorio se desploma y no hay cura posible a mi congoja.

Ni un ángel ni una bestia. Pronto seré sólo una sombra, dichoso de haber sido.

Y en la amarga inquietud de mis noches de insomnio y de desvelo, a mi propio dolor rindo tributo. Y entre mis dientes mi dolor trituro.

Demonios vomitados aplacando mi cuerpo alcoholizado aferrado a la apestosa taza de un retrete. Mi frente sudorosa. Mis ojos lacrimosos. Mi juicio vacilante.

Anhelo desterrar mi angustia y mis lamentos. También hubo amistad que cura, y mata cuándo muere.

Y amores que de verdad me amaron, nacidos para un amor sin despedidas. Y amores de serpiente que hacen sangrar y sucumbir tu vida entre el aliento de fuego de su boca.

Hoy, consumido cigarrillo que todavía humea y resplandece en arabescos de azules espirales, fumo nostalgia y muerte.

Y mientras fumo, en el incendio de mi ocaso, arde aquel triste camino a través de una tierra desolada, dónde tan solo existe una morada en ruinas, y una voz que pregunta ¿Regresarás un día, pálida vida ausente, a sanar tus heridas?

Luz que humilla y envilece

•junio 5, 2019 • 2 comentarios

Luz que humilla y envilece.jpg

La vida entera era alegría y juventud. Veía con párpados de sol el oro del día refulgir en un mar que, destilaba ya en su sabor salado, las lágrimas de un hoy, esculpidas a piedra y fuego rodando por mi rostro.

Años y años secuestrado en este mundo de esclavos sin cadenas. Tierra hostil. Rojas pupilas sedientas de ceguera. Soy un trozo de olvido aprisionado que intenta descifrar los signos de esas calles de horror y de violencia.

Se me ha muerto el que fui. Los días me devoran. En este presente errante entre tinieblas, me miro como se mira a los extraños, y cierro los ojos, traidor a mi memoria, huérfano para siempre de los días de gloria.

Se abaten mis hombros con pasos inseguros. Los pies sangrando, aborreciendo el resplandor del día contemplando el ocaso, y hundido entre las sombras, me extingo entre las brasas, más eclipsadas que vencidas, cenizas de auroras de otros tiempos que fueron luminosas.

Despierto al alba con el estremecimiento del rocío y con flores apenas entreabiertas. Marchito, a la intemperie, maldigo la luz que humilla y envilece. Me vuelve la congoja. Y a merced de los vientos de la suerte inicio un descenso rodando en la pendiente, con el infame estigma de Caín sobre mi frente.

Pájaros enloquecidos graznando como oxidados órganos de iglesias de góticos vitrales, entonan agónicos cánticos de un réquiem mil veces escuchado. Y mientras el corazón alborotado trota, y mi juicio y mi razón se agitan, sueño en mi amante infiel, valiente y orgullosa, la Diosa Libertad.

Y, ahora, revive en mí, cual pobre bestia apaleada, el cruel anhelo de arrancar del alma las luces moribundas y aullando de dolor en el naufragio de mi vida rota. Mi vida es una hiena devorando el recuerdo y lamiendo la sangre envenenada de mis llagas, hasta la última gota.

A mis ojos, ceguera. A mi memoria olvido

•marzo 5, 2019 • 1 comentario

Retrato marzo 2019 WEB

No hay respuestas, no hay sueños. Sólo ecos de copas de carmín astilladas, me devuelven la música olvidada de la canción que quiebra mi reposo.

Todo es silencio en este sueño mudo. Estatua de nadie convertida en encorvada sombra de un árbol derribado.

Hiere mi ardiente boca que blasfema, ante esta vida monstruosa varada frente al fuego dónde ardió el inventario de todo lo imposible. Dónde, tal vez, se acabe el pacto con el silencio y mi ceguera.

Fugaz y rauda pasó la hora de mi lejana vida. Y fue desenfrenada para brillar en todos derramada, y alejarse después en éste triste y amargo cautiverio, hoy carne masacrada, llorosa podredumbre, errando vacilante, anhelando el beso piadoso de la muerte.

Siento mi lejanía en la garganta como el agua que falta en el desierto. Busco mi libertad entre la yerba, miro mi esclavitud en las estrellas. Tengo mi soledad, y el convencimiento de no ser nada ya, y presentir sin fin, mi sufrimiento.

Espectro horrible hecho con el insomnio y el íntimo temblor de cada instante, miro la noche, con la ira amotinada y el rayo que no cesa, buscando una señal de auxilio en la tormenta.

Viviendo con mi pecho al descubierto y bajo el presagio poseído, de no ser yo, hoy percibo que vivo extraño a todo, y en todo y para mí, estoy muerto. Y nadie llorará después de un largo tiempo, vestido con mi duelo.

…y esta inmunda parodia que afrenta en los espejos… si de vergüenza algo me quedase todavía, de hinojos ante el que un día fui, rogando su perdón, me clavaría las uñas en los ojos.

Llueve, llueve… todo es niebla, humedad. La luz se olvida. La noche afila su corazón de daga. Y hay ángeles ciegos caídos en el lodo que yacen entre piedras brindando con la muerte, mirándole a los ojos con fiereza.

Ahora camino solitario por las oscuras calles de los pinos. Y presiento que mis años pasados, carceleros sin tregua eternamente bellos, me vigilan…

Ruta a la inmolación

•diciembre 11, 2018 • 1 comentario

Ruta a la inmolación

Criadero de buitres en el número 13. Rey de Copas de un trono inhabitado. Pupilas dilatadas en Diamantes sin Damas, estandartes de lujuria, violadoras de almas, aliento de semen, satisfacción viciosa, sueño de la razón.

Manos asesinas empujando a la hoguera. Aullido de bestia, delirio furioso, cien mil vueltas de tuerca, reina la oscuridad.

Espectro de las llamas del Infierno. El silencio centellea como un hierro en el yunque azuzando el suplicio. Zona extraña dónde empieza la locura, zona roja dónde florece el crimen.

Pupila enfebrecida repetida en los pulsos, enrojecida y ciega por traiciones vilmente edificadas. Y hay sueños de venganza para siempre abolidos y también hay ceniza debajo de los besos.

Alzado del escombro, surgido de la herrumbre, herido en lo más hondo, auroras devastadas, ruta a la inmolación.

Hundido en el fango de las calles. Estar agazapado noche adentro por úteros de sombras, oculto entre cipreses las noches de fiebre en los inviernos, con un estigma marcado eternamente.

Y el dedo cruel te dice lo que eres. Y escondido en la noche cuando los ojos se anegan de lluvia y de memoria, amaremos incluso la amargura, y el transcurrir estéril de las horas.

Y no ser nada. Sino un maldito. Ajada máscara de frio derrumbada, sólo grietas oscuras como signos extendidos sobre la faz sombría.

Me castigan el frío y la fatiga, lágrimas trémulas de vértigo y desastre demasiado hirientes como un tiempo pasado de risas y de llantos acechante como un escalofrío.

Y esta vida baldía. Y la inquietud que imponen las noches y la niebla. Trenes que laten cercanos a mi cuerpo, noche tras noche, con toda la tristeza de los años vencidos.

Pero a veces, se solivianta el alma como un esclavo triste. Y me vienen por las crueles esquinas del insomnio y se adentran de golpe hasta deshabitarme, los días que no vi bondad en los espejos, ni escuché gritos ahogados de reproche, ni adiviné retales de ternura acariciando el sino de mi suerte.

Hasta quedarme solo.

Hasta quedarme solo.