
Juan me ha recordado que hace cinco años comenzamos este Blog.
Desde la fundación Arrels, cuyo ejemplo y finalidad es intentar recuperar a aquellos que todo lo perdieron por haberse perdido a si mismos, mi amigo Juan se ha entregado con cariño, eficacia y devoción a todo el trabajo de los aspectos técnicos de este blog, además de animarme afectuosamente para que yo fuese desgranando el testimonio del martirio que estos 15 años en la calle han supuesto para mí.
Este blog y los álbumes de “Miguel, 15 años en la calle” es una síntesis de lo muchísimo que, al igual que otros muchos, soporté esos años en la calle. Y lo hacemos con la intención de poder transmitir a las personas que no tienen tiempo ni modo de entretenerse largamente sobre lo que sucede a su alrededor.
No puedes huir de la calle aunque no estén clavados y fijos ni tus manos ni tus pies.
No se puede salir.
Esta impotencia, esta imposibilidad de librarse físicamente de la calle te somete a soportar esa inmovilidad, mientras vas muriendo de angustia lentamente.
Porque la peor desgracia es la que aplasta, la que no deja ni el último derecho a nada, sólo llevarla por delante en la vida y llorarla como única razón para seguir viviendo.
No se si hay cosa mas amarga que ir suplicando sin ninguna razón para que te oigan. Tanto me dolían los agravios como la conmiseración de la gente. Aquellas sonrisas se me clavaban en el alma como un puñal.
Ya sin indignación ni desconcierto ante la ausencia de cualquier sentido de compasión, en medio de la ferocidad alucinatoria del entorno donde de forma irreversible tienes que transitar, con el estremecimiento del espanto al transformar tu categoría humana racional en un ser inhumano, bestializado, espantado de lo horrendo de ese abismo de donde, a veces, no se si ha merecido la pena regresar.
Así y todo, nunca hice daño a nadie ni busqué venganza en nadie. Intenté ayudar a mis amigos y a otros sin ser mis amigos. No tuve odios y aborrecí los manicomios, las cárceles y los cementerios donde fueron a parar muchos de mis compañeros del alma.
Sólo me queda mi pena, porque de la pena de esos años pasados en la calle, no puedo librarme. Y va mucha diferencia de vivir a vivir.
La vergüenza para mi era estar allí. Ahora me parece imposible aguantar lo que aguanté.
Adaptado a la calle, ligado a la calle, el calor y el frío, la lluvia, los hielos, cada uno en su época, me convertí en instinto, como los animales.
Para ver un día, que aquel buen hombre que fui, bendecido por el amor, se murió en mis brazos sintiéndome con los ojos brillantes y hundidos, sin quejas y sin llanto.
Ahí se hundió mi vida y pasé las penas del infierno, las de la desesperación más negra. Ahí, en aquellas calles y en aquellos caminos que no puedo recordar con rencor, lloré las lágrimas más amargas que ni yo ni nadie puede llorar.
En la negrura de la noche con el cuerpo magullado por la dureza del suelo, maldije a mi destino que me había entregado a esa vida. No podía echar el frío de mi cuerpo, pisaba la escarcha y soportaba que la lluvia me empapara la cabeza.
Años y años atemorizado, mirando al cielo y a la tierra, he oído el ladrido de los perros de la noche. Así el recuerdo de esos años se quedó grabado en mi piel como se quedó en mi alma. No fue culpa de nadie, fue mi destino, lo que tenía que pasar lo pasé. Ya no puede pasarme nada que me importe.
Miguel, Diciembre 2012
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