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Sant Jordi 2012
•abril 13, 2012 • 4 comentariosHuida al pasado
•noviembre 3, 2011 • 7 comentarios
Del infierno jamás se sale. Pero algunas noches, para incrementar tu dolor, te permiten ser visitado por aquellos antiguos amores que, un día ya muy lejano consiguieron que tu alma se sintiese ligera; y en el espejo, tus ojos brillantes, vivos y radiantes de alegría, te descubriesen súbitamente poseído por el milagro de un encantamiento.
En este bosque, vacío de rosas y de estrellas, trastornado por el frío que sin tregua me enloquece, vuelve a mi la presencia del rostro que nunca dejé de amar, siento sus dulces besos y al querer acariciarla y ceñirme a ella como una enredadera, entonces, en su lugar, noto que mis manos palpan mis mejillas carcomidas por tantos años errante en mi agonía.
En esta triste soledad de perpetua sed de todo, estas visiones de dicha y de redención suprema, al desvanecerse, se convierten en rabia y en odio hacia el espectro ceñudo del tiempo, que en su implacable crueldad prohíbe para siempre recuperar tantas horas y meses, tantos días y años perdidos en las noches de frío y de silencio.
Huida al pasado, esta ilusión del alma, rememorando los hechizos de una lejana juventud, al desaparecer con todos los anhelos en retirada por las sendas de las sombras, hacen que la máscara de la tragedia vuelva a mi cara. Entonces cae el horror en mi conciencia por aquellos amores que, como ante flores deshojadas, permanecí un día, sordo y ciego.
Cuando los guardianes infernales, cumplida su misión de que nuestra mortificación carezca de reposo, hacen desfilar a las visitas, quedo otra vez solo en el bosque helado y siento un temblor de llanto mientras sangra la llaga de la herida que nunca permití cicatrizar
Cada cual su propia carga
•septiembre 19, 2011 • 4 comentariosLa vida me daba mucho. Vivía en una celebración permanente. Pero un día el destino puso trampas. La sala de fiestas en que se había convertido mi casa ardió. Se apagaron las luces, cesó la música y la fiesta terminó.
Mi mano derrochadora tuvo que alargarse con vergüenza suplicando una limosna. El estampido del descorche del champán fue silenciado por los truenos de las tormentas a la intemperie. Las risas y los besos fueron sustituidos por miradas de desconfianza, de desdén o de aversión.
Seca el alma, no me quedaba más que la piel en los huesos. La ropa me colgaba como los harapos de un espantapájaros. Solamente mi sombra me recordaba que yo seguía existiendo.
Dispuesto a tragar hasta la ultima gota de la copa de la humillación, hacía ya años que rechazaba cualquier tipo de ayuda para salir de la calle. Cambiar de amo no significaba ser libre.
Tan solo aceptaba la tiranía invencible del alcohol que, aunque terrible y devastadora, no tenía nombre ni apellidos.
Refugiado en una nostalgia obsesiva, los recuerdos de mi vida se han atrincherado en mi memoria como valerosos testigos para soportar la ignominiosa realidad de este cada vez mas despiadado presente que me desalienta, si lo comparo con el inmenso y apasionado paisaje de aquel desbordante pasado.
Y al anochecer, poco a poco mi cuello se va inclinando sobre mi pecho ante la desoladora visión de este siniestro presente, triste como un adiós sin mañana. Pero, en mitad de la noche cuando estoy perdido y solo, mi insobornable afán de perpetuar aquellos años que no han de volver, hace que el vino que pasa sin gloria, de la botella a mi boca, pueda lograr el milagro de sentir a mi lado la voz cálida de aquellos rostros que amé que, con compasión me sonríen.
Cuando cae la noche
•agosto 8, 2011 • 7 comentariosNi un alma en las aceras, ni una luz en las casas. Calle tras calle atraviezo los barrios buscando un refugio donde resisitir otra noche.
Extenuado, me siento en el borde de cualquier banco. En estas horas no hay cabida para la lamentación y el dolor que me produce ver cómo, dia tras dia, me voy consumiendo a un paso de la degradación perpetua.
Siento un frio que me congela mientras me abrasa la rabia y la impotencia de seguir encadenado al maldito alcohol que, en lugar de auyentar aviva el recuerdo del atroz sufrimiento de un gran amor destrozado, de errores fatales y lejanas culpas que de golpe me quebrantan como un mazaso en el pecho.
La noche a mi alrededor es una puerta sin cerrojo. Te das cuenta que como ser humano has dejado de contar. Te has convertido en una pobre bestia indefensa.
Las sombras cobran vida a causa del viento; siempre sin dejar de volver la vista atrás, gritos pendencieros que se aproximan, frenazos secos, pisadas que se detienen de golpe, gritos desgarradores seguidos de sollozos que te acongojan y desquician…
Receloso de todo, maldiciéndote por tener que llegar a verte así, devorado por augurios de una posible agresión y encendido por la ira hacía ti mismo, llegas a desear del fondo de tu corazón que todos tus temores surjan de una vez por el horizonte y se materializen, para enfrentarte a ellos dispuesto a matar.
Sin necesidad de ningún espejo en mis manos descubro el triunfo del miedo en la expresión de mi rostro.
Y esta imagen de agresión y muerte, tantas noches temida y esperada la llevaré grabada en carne viva sobre mi piel por el resto de mi vida.
Los amaneceres tardan en llegar, como si a la luz le costara trabajo empujar la noche.
Roto de cansancio por la ansiedad sin tregua, al ver el primer vestigio del dia que empieza lentamente a clarear, de repente, mis temores se desvanecen y alejan, y me quedo asombrado de mi capacidad de resistencia para aceptar esta realidad sin enloquecer, manteniéndome en el sufrimiento, la renuncia forzosa y la expoliación de mi mismo.
Comienza el dia de la siguiente noche. Unas horas mas de tregua de esta condena interminable, esperando una sola mirada que me devuelva a mi condición de hombre, ya que ni yo mismo sé si soy un ser deshumanizado, una grieta a esquivar en el asfalto o una sombra amordazada.
Hacer daño
•junio 17, 2011 • 10 comentariosCada vez que tropezamos con un hombre así, es como si nos hubiese picado una víbora.
Cuando les abordamos por la calle para rogarles una limosna se detienen en el acto ante nosotros. Altivos y solemnes nos prestan una sospechosa atención desmesurada, mientras que, de forma ostentosa introducen con parsimonia sus manos en los bolsillos. Aún temiendo de antemano el desenlace de este encuentro, acuciados por la necesidad y a la espera de un milagro que jamás se produce, iniciamos el relato del rosario de nuestras desgracias. Captas en el maligno brillo de sus ojos la euforia súbita que le produce que un indigente menesteroso haya ido a caer en su ponzoñosa red. Y sigues y sigues narrando tus desdichas, mientras vas oyendo como con las manos crispadas en la calderilla de sus bolsillos hace sonar sin interrupción sus malditas monedas.
Así y todo, su atento y afable asentimiento, te animan a proseguir desgranando tus desventuras y te engañas a ti mismo esperando que, quizá por una vez, te hayas precipitado a juzgarle de antemano. Si nota que has descubierto su maléfico juego y vas a darte media vuelta, entonces para retenerte, te sorprende magnificando su interés por tu situación, consiguiendo que llegues a dudar de tu convicción de hallarte ante un ser abyecto que goza teniéndote encadenado al tintineo de las monedas de su bolsillo con grilletes de esperanza.
Fascinado por el sonido de las anheladas monedas que constantemente éste ser vil zarandea en sus bolsillos, te sientes desfallecer por la humillación unida a la angustia de la espera de una limosna que sabes seguro nunca llegará.
Este ser únicamente decide poner fin a su infamia cuando consigue que nuestro rostro muestre la expresión de un hombre que agoniza en el tormento.
Me es imposible describir la imperturbable frialdad y brutalidad de este canalla, cuando para rematarnos pronuncia sus ultimas palabras: “Lo siento. No puedo ayudarle ni puedo dedicarle más tiempo. Adiós”
Ante el abominable proceder de estas personas hay que hacer un gran esfuerzo para no manifestarles a voz en grito la auténtica ira, desprecio y frustración que nos inflinge su insano placer.
Estos sujetos encarnan el mal absoluto. La vileza del mal porque si.
Y no conozco palabras suficientemente duras para calificar a estos seres y el desesperado deseo de apartarnos de ellos aterrorizados como si se tratase de un monstruo humano.
Para aplacar el asco que estos seres me provocan, solamente puedo pensar que sus ojos están ciegos para todo lo que no sea las atormentadoras visiones de su repugnante alma.
Y, para desgracia de los que en algún momento hemos mendigado o tendremos que mendigar, lo terrible es que éste hombre no es un ejemplar único.
Pero de nada nos servirá la experiencia. Porque los que no tenemos absolutamente nada, esclavos de la esperanza de una piadosa limosna, en cuanto nos hayamos recuperado de la humillación sufrida cada vez mas heridos, hundidos y avergonzados, estamos condenados sin remedio, otra vez, a volver a estirar la mano.
















