
En las cuevas de insondable amargura donde el destino nos tiene relegados y donde la alegría del sol ya nunca llegará, a solas con la noche en medio de tinieblas, apenas nos queda la miseria de un pasado borroso que hace tiempo murió.
Sin lograr jamás matar en nuestra memoria lo que fueron nuestros placeres y lo que fue nuestra rabia.
Alcoholizados, sucios y despreciados, humillados y destilando veneno se nos va pervirtiendo el alma, mientras nos vamos arrastrando a los abismos de perdición, tragados por el olvido.
Pudridero de almas perdidas, ciénaga en la que acabamos naufragando en un suicidio espiritual, hundidos en el oprobio y en la degradación, con la esperanza vencida, cuerpos sin alma, muertos entre los muertos, la angustia victoriosa clava sobre nosotros su negro aguijón.
Y mientras el tiempo nos consume la vida, el oscuro enemigo que llevamos dentro, alimentado con nuestro propio resentimiento crece y cobra vigor.
Obligados a compartir la calle con sujetos llenos de ira, llenos de odio, impulsivos y violentos que saltan como un resorte vomitando blasfemias y maldiciones que taladran el cerebro de un modo insoportable, ante la indiferencia de todos.
Otros, que por un motivo u otro se entregan furiosamente a insultar con las frases más soeces, más graves e injuriosas que un hombre puede soportar.
Al final optas por no darte por aludido. ¿Para que? De tomarlo en serio tendrías que matarlo.
Despreciables matones de medio pelo que no sirven ni para esconderse, y que se pasan la vida lanzando bravatas y amenazas para intimidarte:
-“¡Vais a por mi, lo veo en vuestros ojos!”, “¡Tú!, ¡¿Tu me vas a quitar a mi la vida?!”,
“¡A vosotros también os cortaré el cuello!”. Silencio. Siempre por ese miedo a la cobarde venganza criminal que tantas bocas ha tapado, tapa y tapará.
Sufrir agresiones solapadas, inesperadas.
Como si se tratase de un gigantesco manicomio, noches de grupos que dirimen sus diferencias a puñetazos, a navajazos, a pedradas, a palos…
A veces ocurre alguna muerte. Muertes no tanto a causa de las heridas como de la pérdida de sangre. Aquella sangre que, después de empapar las ropas, de manchar los adoquines y la calzada, era ahora barrida por la lluvia piadosa y arrastrada hasta la primera abertura de una cloaca evitando así que fuera pisoteada.
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