Entrevista 365

•mayo 16, 2011 • 6 comentarios

http://www.365d365e.com/entrevistes/?p=2125

Premios del 29 Salón del Cómic de Barcelona

•abril 18, 2011 • 6 comentarios

Miguel, 15 años en la calle: Premio del público a Mejor Obra de Autor Español 2010.

Este premio lo dedico a los indigentes que están intentando salir de la calle y a los que aún siguen ahí

PRESENTACIÓN

•marzo 11, 2011 • 5 comentarios

Lo único que me importa es que por nada del mundo la agonía interminable y el cementerio de proyectos y de ilusiones que han sido estos 15 años en la calle, puedan caer pronto en el olvido. Y, aunque pueda parecer que los desgraciados sucesos que relato sólo tienen interés, en el fondo, para mí, no es así.

Ya que la tragedia que yo he vivido es idéntica a la de otros hombres y mujeres que, por nuestros errores hemos sido severamente castigados por la vida.

He pasado 15 años de mi vida en la calle como indigente compartiendo el dolor con estas personas. Siempre angustiados en la continua lucha contra la aversión y el rechazo que provocamos los indigentes. Padeciendo continuas humillaciones y desprecios. Las amenazas, que nos van convirtiendo en seres atemorizados convencidos de que estamos de más en cualquier lugar. Viviendo en un estado de inferioridad y de incapacidad permanentes sin salida posible. Para mitigar tanta mortificación, refugiados en el alcohol lanzamos paletadas de tierra sobre nosotros mismos.

Si para liberarse de algo es necesario contarlo, yo, por mi profesión, superados los primeros miedos a hurgar en este siniestro pasado en la calle, y vencido cierto pudor que me causaba mostrar las heridas que precipitaron mi caída, decidí que era mi deber publicarlo.

Y aunque las sensaciones son intransferibles, intento que quienes lean este segundo álbum que aquí presento, no les deje del todo indiferentes e intenten comprender las tragedias que encierran esos bultos sospechosos que somos los indigentes.

Quiero agradecer a mi amigo Juan Lemus, trabajador de arrels, la realización y seguimiento de este Blog y cuya inestimable ayuda y colaboración, tan valiosos me son para llevar a cabo este trabajo.

Agradezco a Félix Sabater, editor de ediciones Glénat el haberme ayudado a resolver mis dudas e inseguridades a la hora de afrontar este segundo álbum, y por darme absoluta libertad para realizar este trabajo completamente a mi entera voluntad.

Y sobre todo mi gratitud a la fundación Arrels, a sus trabajadores y a sus voluntarios, por la ejemplar y honrosa labor que prestan a la sociedad, que con escasos medios económicos, consiguen rescatar de la calle a personas que ya hemos tocado fondo, . Alcoholizados, enfermos, irascibles y prácticamente irrecuperables.

Hace nueve años a punto de cumplir yo los 60, los voluntarios de la fundación Arrels me recogieron medio muerto por las plazas de Sants, poniendo fin a una pesadilla la cual llegué a creer no terminaría nunca.

AÑOS SIN CONSUELO

•enero 21, 2011 • 4 comentarios

No he podido encontrar para este cuadro título más adecuado que “Años sin consuelo”.
Si me he pintado en una actitud algo desafiante es, porque durante esos 15 años en la calle, mantenía al menos exteriormente, una postura de firmeza y dignidad. No dejaba de ser una máscara para evitar cualquier tipo de provocación o agresión dada mi condición de indigente.

Las manchas rojizas del fondo del cuadro son una alegoría al fuego que destruyó mi casa; que aunque vino acompañado del peor trago amargo por el que he tenido que pasar en mi vida, fue la pérdida de mi casa lo que irremediablemente precipitó mi caída.

Pero sin embargo en mi mirada hay la tristeza del payaso. Es algo trágico y terrible transitar entre la gente y comprobar que lo único que encuentras es desprecio, miedo o compasión.

Es entonces cuando te das cuenta de que eres un cadáver sin sepultar.

El mundo va anunciándolo con sus miradas.

Este óleo forma parte de la exposición «Diseño contra la pobreza» que puede visitarse en el Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid hasta el 17 de marzo de 2011.

EXPIACIÓN

•diciembre 14, 2010 • 12 comentarios

Cada navidad, acuden puntualmente a la ceremonia de nuestro desguace moral los instantes de dicha que, ciegos y confiados, jamás pudimos llegar a pensar que, un día sus cenizas serían nuestro amargo y único sustento.
Como mariposas nocturnas revoloteamos alrededor del fuego sin temor a chamuscarnos. Ahora, las engalanadas promesas de neón nos parecen deslucidas parodias de las hogueras que alumbraron nuestros días de esplendor, cuando fuimos abrasados por las auténticas llamas del amor, de la pasión y el desenfreno.
Pero, las luces de las farolas del parque muestran con cruel evidencia el sombrío semblante de nuestros pesarosos rostros. Su luz, prolonga la sombra interminable y alargada de nuestras lejanas culpas. Sin redención posible aguijoneamos nuestro corazón con sentimientos por infamias y pecados inconfesables.
Por entre los matorrales del parque asoman las sombras dolientes de los seres amados que algún día padecieron nuestra falta de consideración y nuestros injustos agravios.
El viento gélido del parque ya no consigue estremecernos. Una brisa helada surge de los sepulcros de los amores y de los afectos que enterramos, para reprocharnos que una vez, por nuestro egoísmo, por cobardes o insensatos, fuimos lo suficientemente malvados como para sepultarles vivos.
Parada obligatoria, sabemos que esta navidad pasará y todo seguirá igual.
Somos indigentes invisibles, cada año más viejos, cada vez mas cansados.
Errantes, nos arrastramos por la senda que nos va alejando de nuestros paraísos perdidos, desorientados y presos en las ciénagas del limbo de las almas ignoradas.
Con nuestra vida hecha mil pedazos, sabiendo que jamás hallaremos la llave que cierra la puerta del desconsuelo, contemplamos la luz del día, asombrados de que todavía pueda existir.
Y atrapados entre las garras de nuestro único soberano, el tiránico alcohol intentamos sobornar al dolor que nos inflingen los recuerdos, buscando desesperados cualquier lugar donde se pueda comprar el olvido.

DESCONSUELO

•noviembre 23, 2010 • 6 comentarios

Ciego, soberbio en mi ignorancia me regocijaba creyendo que la música no cesaría nunca de ensalzar mi gloria.
Vivía deslumbrado por una continua explosión de fuegos artificiales de estridentes y maravillosos colores, que se apagaron con tu abandono y las sombras de esta interminable noche.
Sentir cómo aquellos días se fueron como la sangre de la herida y que luego todo, todo será ya imposible.
Un triste y fúnebre velo cubrió mi alma aletargada.
El rostro amado se borró.
Se apagaron los sueños y las ansias.
Hipnotizado por el loco deseo de no poder volver a ver a mi tesoro, viví el dolor del duelo sin un lugar donde ir a llorar.
Hijo del desengaño, rabioso, lancé el grito justificado que arranca del alma mutilada.
Ni el alcohol pudo abrir de par en par las puertas del olvido.
Grité al viento la blasfemia del desesperado que, sintiéndose inocente, se encuentra en la cárcel de pronto y sin remedio.
Cuántas veces no te asesiné para poder, después, resucitarte con mis besos.
Mi alma se empezó a secar.
Insensible y muerto, llevando ya el infierno en el alma, a partir de entonces con mi vida monstruosa como la de un autómata, ya divorciado absolutamente del mundo, me uní a los eternos olvidados.
La Indigencia. Esa pesadilla tremenda, donde todo es monstruoso, bárbaro y miserable.
La Calle, donde morir de muerte inacabable en la fosa común del olvido. Esa vida horrible, sin una caricia dulce, suave y amorosa.
Incapaz de resurgir de mis propias cenizas sigo renovando cada día los votos de miseria y aflicción.
Y jamás al evocarte renegaré de ti, luciérnaga pequeñita instalada hasta el día de mi muerte entre los hilos de la telaraña de mi corazón.
Porque mis lágrimas han oxidado y sellado para siempre los goznes de las puertas del recuerdo que nunca ya podrán cerrarse.
Y nadie me doblegará a lamentar aquellos años fugaces de felicidad arrebatadora, cuando todo el cielo era sólo para mí.
Porque todo el cielo eras solamente tú.

CUESTAS SIN REPOSO

•octubre 13, 2010 • 16 comentarios

La miseria de nuestros años de alcoholismo.
Buscando cualquier prenda que pueda defendernos del gélido escalofrío que permanentemente nos sacude.
Agarrados con desesperación a lo que sea porque sabemos que para nosotros los indigentes la vida ya ha terminado.
Traidores a nuestros sueños, sin fuga posible, escondidos escuchamos marcar el tiempo de un acuerdo que firmamos cuyo plazo cumplió.
Intrusos en nosotros mismos, escarbamos en lo torpes y poco precavidos que fuimos; las redes, los engaños, rictus amargos,… interrogaciones vanas por sendas de ásperas cuestas sin reposo.
Sobrepasando límites que jamás pensamos llegaran a existir.
El amor es ya una cosa lejana que tal vez sólo existe en el vacío de nuestras soledades.
Y es así, como entre lamentos y maldiciones, avergonzados de nosotros mismos, continuamos aniquilando nuestras vidas.
Y duele descubrir cuando ya es demasiado tarde para todo, que no se vuelve a la juventud. No se vuelve a la ilusión. No se vuelve al entusiasmo. Hagamos lo que hagamos nuestros días ya pasaron y no han de volver. No hay retorno.
Ya solamente nos acompaña el perro rezagado del recuerdo.

Prisioneros de la esperanza

•septiembre 3, 2010 • 3 comentarios

Solos, con la infinita miseria de la piadosa compañia del alcohol.
Desgastados, apagados.
Con gestos humildes de mendigos sin ni siquiera el valor de levantar los ojos.
Viviendo constantemente en un estado de alarma, miedo y aflicción.
Destinados, en estos años donde todos los dias son iguales, a no tener mas que el terrible presente, con un pasado que nos mortifica, mientras nos vamos alejando de la vida real que irremediablemente escapa de nosotros.
Siempre sometidos al yugo del alcohol sin posibilidad de encontrar una salida al descalabro que vamos padeciendo.
Esperando el temido dia que un delirium tremens nos arroje a cualquier callejón, y enloquecidos, veremos como la muerte nos desmenuza entre sus resecos dedos para arrojarnos a la definitiva penumbra.
Procesión de almas perdidas, prisioneros de la esperanza que dilata el momento de romper las rejas de la resignación.
Desvelados en las sombras de nuestras noches de soledad, ya unicamente nos queda, clavando con furia nuestras uñas en nuestra propia carne para sentir que todavía estamos vivos, emprender, como sea, el camino del coraje.

Un hombre muy recto

•julio 26, 2010 • 14 comentarios

Yo reprimía la curiosidad que me impulsaba a preguntar a Antonio los motivos por los cuales conservaba una antigua corbata. Cada atardecer, puntualmente, sacaba la corbata de su bolsa, la contemplaba pensativo y la acariciaba amorosamente.
Hombre de una educación y amabilidad inalterables pero que no daba pie a familiaridades ni a ningún tipo de confidencias. Un dia me brindó la ocasión en bandeja al preguntarme en un momento en que nos habíamos quedado solos en nuestro rincon de indigentes del Parc de la Ciutadella, que como podía yo repetir con tal exactitud el mismo rostro femenino en cada cuadro que yo pintaba para malvender y poder comprar el vino que inexorablemente necesitaba para poder sostenerme en pie.
Yo todavía llevaba pocos años en la calle, y aún no había conseguido desterrar de mi el resentimiento que me iba corroyendo, así es que le contesté de una forma algo abrupta : » Antonio, ¿podrías tu olvidar el rostro de tu verdugo?».
Se produjo un silencio. Hombre de extrema prudencia, mi contundente y sincera respuesta le pilló desprevenido.
Después empezó a hablar. Su voz había cambiado de su habitual solemnidad para tomar un tono mas intimo, pero sin perder un ápice su dignidad.
» Miguel -hablaba sin ninguna emoción en particular- todos, pues no vayas a creeer que eres una excepción, absolutamente todos los que deambulamos perdidos por esas calles de Dios, llevamos un aguijón clavado en lo mas profundo de nuestro corazón». Siguió acariciando la corbata mientras yo proseguí pintando pues no esperaba ya ninguna confesión.
Entonces su voz, que venía de algún lugar muy lejano me hizo detenerme en mi labor para escucharle.
» Miguel -empezó su relato con un tono sombrío como quien presenta un balance inapelable- yo era director de banco. Siempre he sido un hombre muy exigente con mis responsabilidades y con las de los que me rodean así que jamás aceptaré como pude permitir que las circunstancias se me fuésen de las manos».
Observando distraidamente mi cuadro prosiguió: «Una noche fuímos a cenar mi esposa y yo con un matrimonio amigo a un restaurante que hay sobre un pequeño acantilado en Garraf. Un pueblo precioso que esta yendo de Barcelona a Sitges ¿lo conoces Miguel?»
– «Si, pasé algún verano allí cuando tenía familia»- le contesté sin añadir mas detalles para no interrumpirle.

-«No fuí yo, pero alguien sugirió ir a visitar el casino de Sant Pere de Ribes. A regañadientes, ya que por mi profesión siempre he sentido mucho respeto por el dinero, acepté ir a tirar unos cuantos miles de pesetas. Allí sucedió algo extraordinario para mi. Mi esposa, siempre tan retraída, se fué enardeciendo, jugando y jugando doblando las apuestas y pidiéndome constantemente que cambiáse mas fichas, que naturalmente iba perdiendo. Yo estaba desconcertado.Se había producido en ella una transformación. Era como si hubiése descubierto el paraíso. Me hizo volver al casino el sabado siguiente, y el siguiente…»
«No tuve el coraje necesario para frenar esa pasión desaforada que el juego había despertado en ella y el resto vino solo. Me arruiné. Ante sus súplicas, ruegos y despues amenazas de abandonarme, sustraje dinero del banco -la verdad es que tampoco tomé muchas precauciones para que no me descubriesen- me despidieron, pero debido a mi historial profesional impecable, o porque no les convenía, vaya usted a saber, no me denunciaron. Furiosa, mi esposa intentó chantajear a los directivos del banco pidiéndoles dinero y amenázandoles con delatarles al consejo de administración por no haberme denunciado».
La pasividad y entereza de este hombre ante su catástrofe me estaba soliviantando. Conozco a hombres que de haberles hecho esa mujer lo que hizo con éste hombre, hubiésen pasado gustosos el resto de su vida en la cárcel.
Al notar mi expresión de reprobación me puso suavemente una mano en el hombro.
«No me mires así, Miguel. Las cosas no fueron en su momento tan gélidas ni me comporté con ésta serenidad. Han pasado ya muchos años. Y sobre eso tu debes ir aprendiéndo…» me dijo con el aplomo del que ha regresado de desfiladeros por entre los cuales yo todavía tendría que sollozar. «Miguel, quizá mi carácter frio y ordenado privó a mi esposa de la pasión que aunque tardía y de consecuencias tan funestas encontró en el juego. Y entonces, herido por un amor que me había envilecido y libre ya de todos los lazos afectivos y materiales, me vi con el valor y la libertad de afrontar cualquier cosa que me pudiera suceder. Y de todas formas Miguel – y te exijo que me creas- le deseo suerte… a ella que nunca la tuvo. Me destroza suponer como habrá terminado»

Debajo del portal del mercado de Sant Josep de la Boqueria en Barcelona, una señora de edad casi madura todavía de buen ver, busca y rebusca en su monedero con expresión angustiada. Hace gestos inciertos como si buscase consuelo. Abre y mira en su capazo de la compra vacio, de forma ostensible con rostro compungido y alarmado. Estos tics y actitudes se van repitiendo casi idénticos como si fuésen ensayos de una representación. Su aspecto amedrentado de perrita abandonada llama la atención de un caballero maduro de porte distinguido.
– Señora, perdone que me dirija a usted sin conocernos. No he podido pasar de largo viendo el estado de turbación en que se encuentra, ¿algún problema grave? Si en algo puedo servirle.
– ¡Ay, caballero! ‘ que tremendamente estúpida que soy! Al dirigirme al mercado me he detenido en una cafetería a desayunar. Y al tener el cambio en mi poder, de golpe, algo inexplicable, me ha dado un impulso y he introducido las monedas en la maquina tragaperras. Y quizá por la novedad…,porque yo no soy aficionada a las maquinas, no se vaya usted a pensar, cuando me he querido dar cuenta me había gastado todo el dinero de la compra para la semana. ¡Ay, gracias por dejarme desahogarme con usted!.
-Si en algo puedo ayudarla señora.
-Aconséjeme, por favor ¿que le digo yo a mi esposo? Si le digo que he perdido el dinero se extrañará, pues yo no soy nada atolondrada -sabe usted?- y si le digo que me han robado querrá poner una denuncia, pues mi esposo es un hombre muy recto.
-Señora mia, no puedo dejarla en el estado de agitación en que usted se halla. ¿Me permite que le preste yo el dinero para solucionar su pequeño problema?
– Caballero, es usted una persona de una gentileza que ya no existe, pero no puedo aceptar. La verdad es que no sabría ni cómo ni cuándo se lo podría devolver…

Y llega ese momento en que la pantomima no tiene mas remedio que acabar.

-Por favor, señora, acepte este dinero y quítese usted de una vez esa angustia de encima ¿Me permite usted invitarla a almorzar y así tendré el placer de conocerla?
-Vamos

Cosas que se arrastran

•junio 7, 2010 • 16 comentarios

Cada anochecer cuando los bancos del Parc de la Ciutadella empiezan a quedarse vacios solamente quedamos nosotros, los indigentes.
Si alguna vez creímos rozar el cielo, ahora, en cambio, esta era una época en la que ya habían quedado muy lejos los años de amor y felicidad. Constantemente nos interrogábamos en voz alta como era posible que nos hubiésemos dejado robar la vida. Al final, despues de un esfuerzo desgarrador por sepultar la memoria, habíamos aprendido a mentirnos y a engañarnos a nosotros mismos.
Hervía nuestra sangre en aquella hora del anochecer y nuestro corazón rebosaba emociones que luchaban por liberarse como pájaros presos en una red…
Enternecedoras mentiras de alguien que alguna vez se soñó el rey del universo:
«…Yo fuí el que manejó el primer Mercedes deportivo en las Canarias»
Escalofriantes fanfarronadas que ya nadie se molestaba ni tan siquiera en cuestionar: » …aunque ahora, ya no valgo un duro, así como lo veís yo tenía a ocho trabajando para mi».

Hombres ante cuya presencia es peligroso pronunciar la palabra perdón: «Por un hijo de puta chivata maricona me he comido a pulso cuatro años y seis meses…».

Violentos arrebatos que iban a estrellarse contra nuestra coraza de violencia contenida: «…la mala puta…no la maté por mis hijos…».
Cosas que se arrastran.
Hombres desesperados enfrentándonos cada noche a nuestro pasado, enfermo y prohibido.
Y es así, como cada dia que pasa nos vamos diciendo adiós a nosotros mismos.
Hombres desterrados de todos los paraisos cuya única patria es y será el eterno desconsuelo.