Harto ya…

•abril 2, 2009 • 10 comentarios

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Harto ya de ser un guiñapo sospechoso en el escaparate de los cajeros, expuesto todas las noches a la maldad de los insensatos, soportando las amenazas y las burlas crueles de los muchachos que los fines de semana entraban a sacar dinero o bien a  hacerse rayas de cocaína; tener que suplicar con una mirada implorante -nunca exagerada o fingida sino fruto de mi desesperación- para conseguir unas monedas para comprar el vino que sin ningún tipo de escapatoria posible me urgia permanentemente; expulsado, con mayor o menor consideración, por los guardias de seguridad del banco, bien fuese por la noche o a cualquier hora de la madrugada, diluviase o hiciese un frio de mil demonios, y tener que empezar a deambular en soledad con pasos vacilantes por las calles en busca de cualquier refugio incierto hasta el amanacer. Entonces, me oprimía la sensación de hallarme en un campo de combate perpetuo. Esas noches me invadía un sentimiento de rabia y desaliento por los  años desperdiciados y la falta de severidad conmigo mismo; me autoflagelaba con el látigo de los recuerdos felices y al mismo tiempo maldiciendo cómo mi estúpida soberbia y el exceso de confianza en mi mismo me habían destrozado la vida.

Una noche, unos muchachos visiblemente enloquecidos -por todo lo que se habrían metido en el cuerpo- empezaron a golpear violentamente los cristales del cajero. Atemorizado por su actitud violenta y escandalosa me negué a abrirles el cerrojo. Entonces empezaron a golpear la puerta del banco con botellas y patadas gritando furiosamente y haciéndome gestos amenazantes. Al ver que uno de ellos empezaba a golpear los cristales con la cabeza ya no tuve ninguna duda del estado de descontrol en que se encontraban. En segundos tuve que decidir qué haría si de alguna forma conseguían romper los cristales y entrar. Yo llevaba en la bolsa dos cuchillos; pero una cosa es la hipotética seguridad que te da el llevarlos y otra – ésta gravísima, y que puede ya definitivamente arruinar tu vida- es utilizarlos. Decidí ignorarles. Me dí la vuelta sobre los cartones y fingí que seguía durmiendo. Al cabo de una media hora, viendo la imposibilidad de romper los cristales se marcharon amenazando que volverían para entrar fuese como fuese. Noté que mi garganta palpitaba y que toda mi red nerviosa estaba a  punto de traspasar los límites de lo soportable. Esperé unos minutos y no pudiendo soportar ya más la tensión que estaba a punto de aniquilarme, abrí la puerta y salí del banco con paso rápido. Vi que no me esperaban y me perdí el resto de la noche por las calles sollozando de rabia e impotencia, maldiciéndome por no ser capaz de dejar el maldito alcohol que me tenía prisionero en esa cárcel infinita que es la calle.

Estos y los casi cotidianos sobresaltos me hicieron decidirme a irme en tren cada noche detrás de la montaña del Tibidabo, por el parque de Collserola, y buscarme un refugio donde pasar la noche.

Pero de todas formas seguía sin ver ninguna salida para todos esos años de mi vida en tinieblas, dolor y miseria, atrapado en la red siniestra del alcohol, y convertido en un desahuciado, mendigando y esperando la muerte.

Pero, en mi refugio de la montaña, al atardecer, cuando empezaba a atenuarse el canto de los pájaros, y lentamente, un silencio hostil y amedrentador se iba apoderando del bosque; ese instante era la señal que venía a recordarme  que ya llegaba otra noche.

Los desarraigados

•marzo 4, 2009 • 8 comentarios

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Y así, los que no tenemos capacidad de adaptarnos y sabedores, porque así lo sentimos, de que jamás lo lograremos, caminamos lentamente  a ratos indiferentes, otras veces súbitamente jubilososo e iluminados, hacia la muerte de los últimos lazos de calor humano.

Desertores de los otros -a veces huyendo dolorosamente de amores o situaciones imposibles- acarreamos los ecos de sus reproches para esparcirlos junto a las cenizas de lo que fué nuestra última propia parodia.

Para continuar nuestro camino brillando como fuegos fatuos errantes sin tumba, negándonos desesperadamente a aceptar la mas terrible de todas las claudicaciones: La resignación

El Capitán Trueno en mi memoria

•febrero 4, 2009 • 8 comentarios

capitan-trueno-webCon 16 años me presenté en la editorial Bruguera buscando trabajo de dibujante de historietas. Me recibió Victor Mora. Un hombre de una simpatía y cordialidad absolutas. Despues de mirar detenidamente mis dibujos y haciéndome alguna observación de vez en cuando, me dijo sonriendo que aún estaba algo «verde» para publicar, pero que si yo lo deseaba podía empezar de aprendiz en la editorial. La alegría que yo sentí en ese momento es la mas grande de las que me ha dado esta profesión.
Al terminar mi jornada laboral en el almacén, que consistía en ordenar originales, fotolitos, pruebas de grabador, llevar paquetes a certificar a correos, etc., pasaba al estudio de los dibujantes, y allí empezé a aprender la profesión de historietista, que es como la llamabamos entonces. Pasaron por mis manos los originales y las planchas del Capitán Trueno, el Jabato, etc.
Yo naturalmente, entonces no podia ni siquiera imaginar lo que significaría el Capitán Trueno para la historia del cómic español. Pero si puedo decir que a pesar de mi inexperiencia e ignorancia, ya noté la gran fuerza que tenían las pinceladas de Ambrós.
A Ambrós no tuve el honor de conocerlo personalmente. Pero (sin menoscabo de los dibujantes que continuaron realizando el Capitán Trueno) puedo ahora decir, como profesional que soy, que las viñetas de Ambrós, están bien compuestas, bien dibujadas, con ritmo. Es decir: estaban vivas. Y en esa parte era donde se notaba la labor de Victor Mora. Todos los personajes, desde los protagonistas hasta los patéticos villanos, nos resultan familiares. Son auténticos. Y, lo que para mi ahora que estoy haciendo trabajo de autor valoro más, es que en cada viñeta – no ya en cada secuencia- ocurre algo, y además anuncia o apunta algo que va a suceder inmediatamente, no dando tregua al lector para escaparse ni un instante de la historia. Y así, convertirnos en protagonistas espectantes. E incluso con los villanos Victor Mora se muestra indulgente, no los juzga, no los machaca: les concede que sean ellos mismos quienes se busquen su propia ruina.
No he intentado hacer un análisis ni un estudio en profundidad sobre el Capitán trueno. He estado 15 años alejado de todo. Pero me consta que especialistas en opinión, ya lo han hecho. Yo no digo lo que veo en el Capitán Trueno: yo digo lo que siento con él. Y para finalizar repetir que lamento profundamente no haber conocido a Ambrós y enviar un fuerte abrazo a Victor y un beso a su compañera Armonía Rodríguez.

Rostro Nº 45

•enero 8, 2009 • 5 comentarios

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«¿Cuantos años tardaré…?»

•diciembre 22, 2008 • 3 comentarios

Se les oye y también se les teme mucho tiempo antes de que se cruzen en nuestro camino.
Están en el último peldaño que conduce a la terrible locura definitiva de donde ya jamás se regresa.
Este hombre es el último eslabón de la cadena de la indigencia. Sus ojos vidriosos, rabiosos y alucinados causan pavor. Sus gritos amenazadores nos amedrentan haciéndonos temer una agresión física. Sus soeces insultos, las amenazas y las blasfemias que arrojan son el heraldo de su derrota definitiva.
Seres hundidos en la miseria y en la degradación, cuyas almas perdidas van pregonando el suicidio espiritual al que se han sometido.
¿Llegaré yo a ese dia? El dia de la embriaguez permanente, donde el terrible alcoholismo ya no es suficiente y se necesita hundirse en la borrachera perpetua y desgarradora para de una maldita vez, intentar conseguir cicatrizar las llagas de las heridas que, quizás hemos sido nosotros los mismos que las hemos abierto.ilustracionweb1

RECUERDOS

•noviembre 10, 2008 • 16 comentarios

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Pasaba el tiempo y lo único que lograba era reforzar mi soledad en la calle.

Una noche cualquiera de mi peregrinación buscando un lugar donde cobijarme para pasar la noche, me fijé en el maniquí de un escaparate. Y la encontré hermosa.

¿Cuantos años hacía que no tenía relaciones sexuales, emotivas y recíprocas con una mujer?

Yo llevaba tatuados en mi espíritu los cuerpos, las miradas y los chillidos de las mujeres que había amado. Y que se habían convertido en los estímulos de los escasos alivios solitarios a que recurrir cuando el deseo se convertía en insufrible.

Una vez me recogió en su casa una chica que conocí en el Vaixell Vell del puerto de Barcelona, mientras yo pintaba escenas taurinas y el monumento de colón para intentar vender a los turistas. No era prostituta -las únicas que en la calle se me han acercado para darme un beso y ponerme furtivamente cinco euros en el bolsillo- era pintora y guapa, vendía poco, pero se mantenía con una obstinación envidiable, fiel a su propio estilo.

Una noche en un bar del barrio gótico la tenía cogida de la mano. Al encender un cigarrillo, vi repetido en un espejo a una chica muy maja que sonreía y gesticulaba con alegría a un hombre ya mayor, con aspecto de artista bohemio en evidente decadencia, ofrecerle fuego con una mirada de súplica precipitada.

Al dia siguiente le agradecí su generosidad y me fuí de su casa. No quise volver a verla.

La imagen que vi reflejada en el espejo del bar era la constatación improrrogable de que mi juventud hacía ya tiempo que dejó de existir.

MIEDO

•octubre 15, 2008 • 7 comentarios

He pasado quince años de mi vida extraviado por las calles con el alcohol como único, aunque nefasto, angel custodio.

Desposeído de todo, sin ni tan siquiera una cueva para refugiarme como tienen los animales, convertido en una ruina gimiente raído por los recuerdos, hace ya tiempo que dejó de mortificarme si soy culpable o inocente.

Pero, lo único que no pudieron quitarme en la calle es mi obsesión por ser libre, la verguenza y el miedo.


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Página 3 «Agresión»

•octubre 8, 2008 • 5 comentarios

Las semanas siguientes a la finalización de las ocho páginas de «Agresión», y a pesar de que hace ya tiempo me hice el firme propósito de no quejarme por nada, no puedo evitar reconocer que me he quedado, por decirlo de una forma leve, algo descolocado (hecho una mierda -con perdón- sería mas exacto).
Y no es porque este episodio haya sido el mas desgraciado que me ha sucedido en estos quince años en la calle. Pero, clavado en la mesa dibujando y escribiendo, me iban aparaciendo otros sucesos de estos años que me trastornaban. Y el martilleo de la pregunta que me haré hasta que me muera: «¿Por qué has aguantado tantos años, Miquel?».
Sé que no es saludable regodearse en las propias miserias. Pero una vez recuperado y visto el trabajo que he hecho y que me parece bastante digno, he decidido seguir, con más ganas aún, con mi obra «Miquel, 15 años en la calle».
Cómo y dónde lo publicaré no me va a dejar insomne.
He pasado (esto no es queja, es constatación) tantas calamidades y miedos en la calle que creo que algo de sentimiento, aunque yo no lo quiera, ha muerto en mi.
Me gusta y disfruto con mi trabajo y, además, algo tengo que hacer.
Voy de cara al invierno y sé que ya cada verano será el ultimo verano y por largas que hayan sido las prórrogas, el plazo vence mañana. Todo esto lo digo no para alabar al Miquel que siempre he sido, sino para proporcionar consuelo al Miquel que sobrevive.

Ilustrar la infamia II

•octubre 2, 2008 • 1 comentario

Ilustrar la infamia

•septiembre 15, 2008 • 4 comentarios

(Miquel actualmente trabaja en las páginas del cómic donde describe la agresión artera y cobarde de la que fué objeto hace unos años mientras dormía en la calle…)